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Escrito por Rafael Bautista S., colaborador especial Desde La Paz, Bolivia Autor de “Pensar Bolivia: Del Estado Colonial al Estado Plurinacional”
Lunes, 08 de Marzo de 2010 19:35
Un nuevo éxodo acontece en el siglo XXI, quizás de mayor trascendencia que aquel que inaugura la historia de las liberaciones. Antes se trató de una salida, ahora la salida ya no es posible (posible es la liberación de los pueblos, inminente la caída de la otrora potencia unipolar y apremiante un nuevo orden mundial).
El poder imperial se ha magnificado y ensoberbecido, pero eso no le hace más poderoso sino más vulnerable; por eso inaugura su decadencia con el derrumbe de sus santuarios: precipitando sus torres (de Babel), precipita su propia caída. La salida ahora se expresa como retorno; no sólo por la privatización y mercantilización de la vida y del planeta, sino por devolverle al mundo, y a nosotros, el equilibrio destruido en cinco siglos de explotación inmisericorde e irracional. No hay salidas: nuestro mundo es uno solo. Pero hay alternativas. Si el capital es la muerte, la alternativa es la vida: la vida de la humanidad y la vida de la naturaleza. Por eso tiene sentido el retorno; si el desarrollo que nos promete el primer mundo nos conduce al suicidio, la revolución consiste en frenar esa carrera insensata: si ya no se sabe hacia dónde se va, es menester hacer un alto, darse la vuelta y ver de dónde se ha venido. Retornar quiere decir: recuperar los caminos que, como humanidad, habíamos perdido (en cinco siglos de empoderamiento del sistema-mundo moderno). Si lo que propone el primer mundo es vivir mejor; la pregunta inevitable es: ¿mejor que quién? Cinco siglos de modernidad responden: mejor que el resto del mundo; por eso enjuiciamos, de modo categórico, al “desarrollo” moderno: ese “desarrollo” es subdesarrollo nuestro, la riqueza del primer mundo es miseria para el resto del mundo, el precio de esa riqueza es la muerte de la humanidad y de la naturaleza.
Pero el imperio no escucha y, en esa sordera, precipita su propio derrumbe. Así como se endureció el corazón del faraón, así se endurece el corazón del imperio; y todas las plagas que provoca son plagas que salen de su boca. La primera plaga hiere al río Nilo, cubriéndolo de sangre; lo que era objeto de culto, para los egipcios, se derrumba ante sus propios ojos (el Nilo era considerado una divinidad; la vida provenía de sus aguas, que llenaba de verdor el desierto inmediato al río). Si el objeto actual de culto es el dólar, ¿qué representa la crisis financiera? Si el poderío militar gringo era el alarde imperial, ¿qué significan las derrotas en Irak y Afganistán? Si el control del petróleo del Medio Oriente era la garantía de la hegemonía norteamericana, ¿qué significa la pérdida de ese control? Para decirlo en los términos que le gusta al fundamentalismo gringo, en lenguaje apocalíptico y milenarista: ¿no estaremos
presenciando la primera de las plagas que inaugura el colapso del imperio?
La narración mítica que evoca la liberación de los esclavos despierta, en la historia posterior, sólo la decrépita fetidez de la decadencia del imperio egipcio. Ya nadie rememora su esplendor, pero todos rememoran los milagros de la liberación; es decir, lo que permanece, en la historia, no es el imperio aquél sino la liberación de los esclavos. Después de aquello, Egipto nunca volvió a recobrar el esplendor milenario del imperio más antiguo de la historia de la humanidad. Babilonia corrió también una suerte parecida, la misma que arrastra a Roma (el paradigma moderno, pues hasta en su arquitectura, siempre busca evocarla). Es una maldición que arrastran los imperios. Semejante destino replican aquellos que se alzan en la época moderna: son gigantes de bronce con pies de barro. Por eso su decadencia es siempre interna. El peso de su poder se hace tan descomunal que, precisamente, ese peso, los desmorona por dentro.
Repasemos esta decadencia. El mito de la globalización, alimentado por la mediocra-CIA global, feneció ya en marzo de 2004, cuando no sólo British Petroleum, sino la banca anglosajona, admiten la imposibilidad de controlar el petróleo de Irak, es decir, delatan la pérdida de la guerra que habían desatado por el control geoenergético del medio oriente. A esto hay que añadir que, en el orden geoestratégico, Rusia (triunfante ante la agresión de Georgia en Osetia del Sur), en agosto de 2008, obliga a rediseñar la geopolítica global: acababa el orden unipolar en el mundo. Las nuevas potencias emergentes: China, Rusia, India, Brasil, además de Irán, logran reconfigurar el nuevo orden multipolar del siglo XXI. La crisis financiera global, desde septiembre de 2005, con la quiebra de Lehman Brothers, no hace más que confirmar el fin acelerado de un modelo. Pero el modelo, cuya decrepitud amenaza toda la vida en el planeta, no se refiere sólo a un
modelo económico, el capitalismo, sino a lo que le sostiene: su modelo de vida (cuya expresión económica es el capital) que, en quinientos años, se desató como la bestia del apocalipsis, hambrienta de todas las riquezas del mundo.
¿Ironías de la vida o justicia histórica? Esta decrepitud empieza a carcomer, de modo ostensible, las economías de las potencias que se originaron a lo largo de la época moderna. Pues no se trata sólo de Estados Unidos e Inglaterra (hijos putativos de la libertad y la democracia), comprometidos en una doble guerra financiera global, contra el yuan chino y contra el euro; sino que, resultado de la crisis financiera y producto del complot mediático de la banca anglosajona, España y Portugal (junto a Grecia e Irlanda) parecen ser los primeros sacrificados del colapso que amenaza a la eurozona. Francia y Alemania actúan a la defensiva y se arriman a Rusia, algo impensable después de la caída del muro, pero algo inevitable ante la debacle europea. Europa y Estados Unidos se preguntarán: ¿cómo es que nos arrastra esta decadencia si somos los creadores de la mejor economía y la mejor democracia? El resto del mundo (el 80% que debe sufrir la
miseria que produce la riqueza del primer mundo) responde, interrogando al G-7: ¿es acaso la economía del primer mundo la mejor economía, es acaso la democracia que han producido una verdadera democracia, es acaso su política una buena política?
El primer mundo moderno-occidental argüirá: ¿pero nunca la humanidad había producido tanta riqueza? Pero, preguntamos: ¿cuál es el precio de esa riqueza? ¿Es racional una riqueza que produce muerte y desolación? Si el fin de todos es ser feliz, ¿se puede ser feliz produciendo infelicidad en los demás? ¿Puede acaso el 20% rico del planeta vivir feliz produciendo la muerte acelerada del planeta entero? Desde que el norte rico impuso al sur pobre la fatalidad de su destino: abastecerle de recursos, esclavos, mercados, oportunidades financieras (robo legal), hasta basurero de sus desperdicios; minó toda posibilidad de convivencia racional. Para ello fueron los imperios modernos los causantes de la aparición de regímenes totalitarios en todo el planeta (por eso la colonialidad es consustancial a la modernidad). Se puede decir que el racismo es el núcleo ético-mítico del mundo moderno. Todo su conocimiento posterior (y hasta el marco categorial de sus relaciones jurídicas) tiene como fundamento el prejuicio moderno por antonomasia: el racismo. La determinación inicial de este racismo (fenómeno exclusivamente moderno) es el eurocentrismo, núcleo ontológico y ordenador epistemológico de la filosofía y las ciencias modernas.
La revolución cultural gringa era Hollywood, pero ahora, con la mediocra-CIA, esta revolución radicaliza sus propósitos; ya no se trata de una expansión
del mercado global sino de la invasión y ocupación de la subjetividad: control total y absoluto (pretensión idolátrica de quien se cree dios en la tierra). El totalitarismo se resignifica con las grandes cadenas mediáticas. Los ejércitos son precedidos ahora por las grandes cadenas de información. Pero este pretendido control total no es más que una ilusión. Por eso la infantería no desaparece y, ahora, con la privatización de las funciones militares, no hace más que demostrar que el control práctico es el que, en última instancia, define la potestad real.
El despliegue militar que emprende Estados Unidos es un despliegue que arrastra una serie de maldiciones; como lo es la arremetida contra el país de los talibán (donde Estados Unidos no ha hecho más que desarrollar la producción de opio: toda la tierra destinada al opio supera en tres veces la destinada en toda América a la producción de coca, esa es su famosa guerra declarada contra las drogas). Afganistán fue la tumba de los soviéticos y antes fue la tumba de Alejandro el Magno.
Perdida la guerra en Afganistán (cuando la última reunión de los invasores, en la conferencia sobre Afganistán llevada a cabo en Londres, ya
discute el cómo salir sin el rabo entre las piernas), se pierde la posibilidad de controlar la distribución gasífera del Asia central (cuyo control pasaba por controlar la provincia de Kandahar y su conexión estratégica; similar a la desestabilización proyectada en Pakistán, para negarle un conducto geográfico a China del petróleo proveniente de Irán). El unilateralismo gringo les propinó esta suerte de derrota histórica, además de propinarse a sí mismo, el imperio gringo, otra derrota: confiados ciegamente en el éxito, pues para eso destruyeron las torres gemelas (con la hollywoodense puesta en escena de un atentado), abandonaron a su patio trasero; lo cual les costó un resurgir de procesos revolucionarios en América Latina.
Por eso el decadente imperio se encuentra en apuros y, en medio de estos, actúa por mero instinto de sobrevivencia. Su hundimiento es inminente, pero en ese hundimiento, la apuesta que realiza es suicida; como quienes conducen los aviones que se estrellan en las torres gemelas. Ante la crisis global, la repuesta es amenazante: si caigo, haré de mi caída una catástrofe, de tal magnitud, que produzca la caída de todos. El plan financiero pasa por la misma necedad: salvando a la banca privada no se salva nada, es más, es la mejor forma de perder todo.
Estados Unidos intenta proteger, con la invasión a Haití, su vulnerabilidad en el Caribe (amenazando además al lado oriental de la isla de Cuba); y con la ofensiva contra Irán (mediante la invasión a Yemen) y el estrangulamiento energético a China, estaría apostando al amedrentamiento (cosa que ya no le sirvió con Corea del Norte; tampoco los últimos regateos de la flaqueza bélica gringa: si pretendió el trueque de Irán por Taiwán con China, o Ucrania por Irán con Rusia, el intento le costó empeorar su debilitamiento; pues Ucrania, con las últimas elecciones, se desmarca de la influencia anglosajona, y Taiwán observa, expectante, la desglobalización, pues si una de las mayores entidades financieras inglesas, como es el banco HSBC, muda sus oficinas centrales a Hong Kong, no hace más que anunciar a los cuatro vientos el ascenso de Asia en las finanzas mundiales). En América del Sur la injerencia gringa juega también sus últimas
cartas, ansioso de un cambio de eje en las jefaturas políticas del continente; el triunfo de Piñeyra en Chile le provoca un respiro, con ello pretendería negarle el cobre a China, además de confabular, junto a Perú y Colombia, una suerte de rodeo estratégico a países como Bolivia y Ecuador; el panorama en Argentina le es alentador, gracias a la creciente campaña mediática antigubernamental (como parte de las guerras mediáticas patrocinadas por la CIA y el Pentágono), similar a la antesala del golpe en Honduras. Uruguay demuestra que las llamadas “izquierdas democráticas” son las menos democráticas y las más irresponsables, replicando situaciones históricas anteriores, donde Uruguay sirvió de punta de lanza para disminuir y socavar el posicionamiento de Argentina y Brasil, cosa que, hoy por hoy, estaría a punto de ser posible con la complicidad de las burguesías de ambos países, tan sujetas al dólar. Lo cual no haría más que
demostrar que las grandes enemigas de un desarrollo económico independiente de estas economías son sus propias burguesías.
Un nuevo éxodo se levanta en la historia mundial. El imperio se resiste en su decadencia, “se endurece su corazón”; su boca origina sus propias desgracias. La maldición que arrastra es lo que le desmorona. Informes de inteligencia no sólo delatan la balcanización (producto de los Carteles del narcotráfico y de la excesiva injerencia gringa) de México, sino de la fenecida potencia unipolar. Resurgen en Norteamérica los odios del sur contra el norte; el partido del té es la clara manifestación de una regresión en la política gringa (el sector más racista de la extrema derecha fundamentalista genera el “Tea Party” y promueve a Sarah Palin; si la Unión Soviética colapsó definitivamente con un presidente borracho como era Yeltsin, no es raro que la nueva presidenciable en gringolandia, ante el fracaso anticipado de Obama –quien se volvió blanco más rápido que Michael Jackson–, sea la iletrada ex candidata republicana a la
vicepresidencia).
Si la opulencia fue el factor principal de estabilidad gringa, ¿qué pasará cuando esta opulencia sucumba? Egipto acabó cuando los esclavos (motor de la economía) abandonaron ese imperio y cruzaron el mar de los juncos, hundiendo al mayor ejército conocido hasta ese entonces; ¿será la repatriación de los inmigrantes lo que selle el fin del imperio gringo? Si el New York Times, en febrero del 2009, ya señalaba que el desempleo representaba una amenaza a la estabilidad mundial, ¿qué decir del desempleo creciente (en las naciones avanzadas) que, en el 2009, evidenciaban 500.000 despidos por mes, desalojos superiores a los 2 millones de viviendas, quiebras continuas de los sistemas bancarios, etc.? Por eso no es grato el futuro de los países sujetos al dólar. Lo que sí creció, de modo alarmante, fue la concentración de la riqueza en el sector privado. La menor distribución genera la apariencia de mayor riqueza. Ese espejismo es la trampa del modelo capitalista. Su decadencia genera otra apariencia: parece más fuerte cuando es más débil. La modernidad es la era de las apariencias. Por eso la política y la historia se le evaden y éstas aparecen, desde el sur, para imprecarle su falta de visión. La ceguera provoca esta desestabilización global. Terminar con la OEA debiera ser un imperativo. Sólo Venezuela y Bolivia levantan una voz que debiera ser unánime, no sólo por Honduras, sino por toda la amenaza regional que representa la última invasión a Haití. El 2001, desde Estados Unidos se lanzó otra santa cruzada contra el mundo entero, era la llamada guerra del bien contra el mal. Inventaron un monstruo: el
terrorismo; para luchar contra éste se hicieron, ellos mismos, monstruos. Ahora creen que generando cataclismos saldrán ilesos. Pero no se asesina impunemente. Asesinato es, como dice Franz Hinkelammert, suicidio. La injusticia genera maldición y la maldición acaba con el que la origina. Esa es la maldición que arrastran los imperios.
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Última actualización el Lunes, 08 de Marzo de 2010 19:51
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